crónica de un conciertaco

Y diez años después de su primer (y casi único) concierto, regresó Incontinencia Materna sobre un escenario. Lo hizo además en el mismo lugar en el que comenzó su andadura una década atrás, el instituto Pedro Ibarra Ruiz de Elche (donde la mayoría de sus miembros se conoció), que celebraba este pasado 5 de junio la fiesta de su 30º aniversario.
Hasta aquí lo bonito y poético, porque la realidad fue, aunque divertida, algo más pedestre. De entrada, porque el único representante de Incontinencia Materna fui yo mismo: Fran, el cantante, estaba en Madrid; el maestro Yavi (el mejor guitarrista del medio Levante español) estaba ensayando en Crevillente con su orquesta de verano; el bajista Inoto está trabajando en Francia y Manolo y Rafa no accedieron a prestar sus derechos de imagen para tan magno evento. Quedaba, por tanto, únicamente yo, el guitarrista malo que no sabe cantar, para mantener (o hundir definitivamente) el prestigio del grupo. Y encima, con mi Telecaster en Salamanca...
La cosa, el concierto propiamente dicho, no fue fácil, a pesar de la ilusión de los organizadores: el escenario era inexistente, el público no era especialmente masivo (unas 50-60 personas) y para colmo, un apagón en todo el barrio de más de una hora me hizo pensar en la conveniencia de huir por patas con mi buena imagen intacta. Pero no, no hubo suerte (tampoco para el público): la luz regresó (es un decir, porque en el escenario no se veía absolutamente nada) y llegó mi turno.
El plan, ya arriba, era sencillo: un par de canciones y dar paso al siguiente grupo (La sonrisa del caimán, uno de los mejores grupos que he escuchado últimamente). Me coloqué la eléctrica de caja hueca que me había prestado Yavi, la adorné con trémolo y overdrive (efecto que no gustó a casi nadie) y me lancé al (primer) tema, Cohete rasante, una canción que repite constantemente Estoy solo, nadie me cubre (nada que ver con el amor, sino con el fútbol) y con un aire indie.
Mi voz no estuvo afinada, me alejaba del micro cuando veía que no llegaba y el trémolo retumbaba en un espacio tan pequeño, pero el público no había huido y tampoco se habían registrado intentos de suicidio. Paso al segundo tema, un clásico entre los clásicos: Tarzán de los monos. La letra es tan tonta y la situación (todo completamente oscuro, yo solo en el escenario, apenas unas personas viéndome) tan cómica, que me siento como uno de esos frikis que se presentan a los cástings de programas tipo Operación Triunfo. Pero lo importante, lo que contaba a fin de cuentas era esa sensación de estar disfrutando haciendo el burro.
Después de la segunda canción, di paso a lo mejor de mi actuación: mi despedida, presentando a esos monstruos (y grandes personas) llamados La sonrisa del caimán. A los pobres no les pudo ir peor la cosa: había espantado al poco público que quedaba, seguían los problemas de la oscuridad y a la segunda canción, un nuevo y definitivo apagón firmó el final de su actuación.
La mejor recompensa llegó al final: un hombre que había estado escuchándome se acercó a mí y me dijo que mi actuación le había gustado mucho, que sonaba muy parecido a Los Planetas. Y yo, con total sinceridad, le contesté: hay gente pa tó. Definitivamente, no sé cuidar de mis fans...
PD: No me odien, pero aquí están los vídeos del concierto. No se ve nada, pero se escucha demasiado... (1 y 2). Repito: no me odien.
PD2: Hasta salimos en la prensa local.















