viernes, 16 de noviembre de 2012

spinning around

Posiblemente, las dos cosas que más disfruto en la vida (Bitter Kas aparte) sean montar en bicicleta y escuchar música (sí, ya sé que quizás echan en falta un tercer elemento, pero esto es un blog para todos los públicos). No resulta extraño que antes o después acabara interesándome por algo, el ciclo indoor (el spinning, el indoor cycling o como uno quiera llamar a esa extraña actividad gimnástica), que unía ambas pasiones. La primera clase debí tomarla hacia 2005, animado por mi madre, y, como ciclista purista que soy, al principio sospechaba enormemente del sentido que podía tener pasarte una hora subido en una bicicleta que no iba a ninguna parte. Y es que, más allá de los beneficios cardiovasculares y todas esas historias, lo realmente apasionante de la bicicleta era esa sensación de libertad que te da, de poder ir al lugar que quieras (si las piernas lo permiten), de creer volar sobre el asfalto con el viento en la cara.

Y no, por supuesto que no tiene nada que ver. Las clases de spinning se dan en un gimnasio cerrado, en un ambiente sudoroso y uno puede llamarse afortunado si las bicicletas no están apiñadas unas contra otras. Pero tiene su encanto... o su efecto placebo. Uno, por tiempo o mal tiempo (especialmente si ese uno vive en la fría Salamanca), no siempre puede salir a la carretera y realmente las sensaciones que se tienen en una de esas bicis estáticas, con su piñón fijo, es bastante similar a la de una de verdad y, si el aparato tiene un mínimo de calidad, las posiciones que se pueden adoptar recuerdan mucho a las que se viven en el asfalto. Si además, la música acompaña mínimanete, la experiencia puede estar bastante bien.

Y así, sin una pasión desbordada, pero con interés fui acercándome al mundillo. Probé clases en muchos lugares (Buenos Aires incluido, por supuesto), vi las diferencias entre profesores, algunos más técnicos, otros más metódicos, otros puramente bestias y hasta fui a algún curso (con la ley en la mano, soy técnico de una tal FEDA). Pero mi curiosidad no dio para buscar trabajo en el tema, aunque sólo fuera como una afición para evadirme de tantos peronistas cabreados unos con otros. Hasta este septiembre, cuando en el gimnasio al que voy desde hace años (en el origen, elegido porque tenían tele desde la que podías ver los partidos de Champions) me propusieron que diera una clase a la semana, ante la falta de más profesores y el hecho de que el pobre que quedaba no daba abasto.

Y dos meses ahí sigo, haciendo de la tarde del martes uno de los momentos más divertidos de la semana. No son clases muy elaboradas, en el sentido de que no siguen un plan de entrenamiento riguroso, con sus microciclos, macrociclones y demás jerga fisiológica, pero sí que siguen ciertos principios básicos en el diseño de las sesiones. Todavía me cuesta enormemente romper la cuarta pared y repartir carisma como caramelos, pero no me falta elegancia en mis maillots y en mi cadencia. Y, sobre todo, lo paso en grande seleccionando la música: porque, por supuesto, se pueden hacer sesiones con The Beatles, The Who y Led Zeppelin.

PD: Todavía no he subido a internet ninguna clase con los temas mezclados (utilizo el famoso en este mundillo MixMeister), ni quizás sirva de mucho (las sesiones tienen mucho de personal y coyuntural), pero podéis encontrar la lista de canciones "en crudo" en mi cuenta de Spotify. Como, por ejemplo, aquí o aquí.

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